viernes, 8 de abril de 2011
Disponibilidad - Vulnerabilidad.
Quiero que sea la última y única vez que se hable de esto en este lugar.
Me siento absolutamente vulnerable y perdido. No sé por qué de pronto tengo la necesidad terrible de que me protejan de hacer todo lo que realmente quisiera hacer.
Es que estoy agotando la ciudad, estoy agotando espacios que eran míos, estoy agotando las salidas y, de pronto, todo apunta al mismo lugar; el origen.
No me gusta alarmar a la gente, pero si no lo escribo acá (sí, acá; es mi lugar) reviento. Necesito profundamente saber que todo está bien, que yo estoy bien y que las cosas saldrán bien. Necesito profundamente un abrazo de aquellos como de 31 de diciembre en la tarde, o de 2 de enero a las 10 de la mañana con una sonrisa nerviosa por no saber que pasará el resto del año; que será, Dios, de nosotros hasta el próximo primero de enero, que será.
Quiero creer que voy a estar bien, que dejaré de necesitar(te) en algún momento. Dejar de hacer daño en el intento de conocerme mejor. Sí, públicamente perdón. Lo siento de verdad, me duele, me duele mucho; tenía la opción de seguir esperando que las cosas mejoraran o asumir que no todo iba bien antes de que fuera demasiado tarde. Sufro, creo, de una necesidad terrible de tiempo para pensar al respecto.
Y a ti, espero que leas esto: Ya no soy bueno, sabes? Ya no soy bueno; ven a buscarme.
Te juro que no soy bueno, por favor, ven a buscarme.
Han pasado muchas cosas, pero mi corazón late al mismo ritmo. El mundo sigue del mismo color; tal vez un poco más monótono, tal vez sin tu perfume, ta vez sin ti, no sé. Pero sucede que me canso de arrancar, de extrañarte y necesitarte. Y me da miedo de pronto saberme tan vulnerable; sentir que el tiempo no cura ni sana, por el contrario, hiere día a día un poco más.
El tiempo se acumula en las venas, se estanca, y yo estoy lleno de morenotes.
Creo que todo esto es sólo que soñé contigo. Soñé que corríamos a las sombras, y en las sombras te robaba un beso.
No sé que espero a decir verdad; no sé que sentido tiene todo esto.
Me siento absolutamente vulnerable y perdido. No sé por qué de pronto tengo la necesidad terrible de que me protejan de hacer todo lo que realmente quisiera hacer.
Es que estoy agotando la ciudad, estoy agotando espacios que eran míos, estoy agotando las salidas y, de pronto, todo apunta al mismo lugar; el origen.
No me gusta alarmar a la gente, pero si no lo escribo acá (sí, acá; es mi lugar) reviento. Necesito profundamente saber que todo está bien, que yo estoy bien y que las cosas saldrán bien. Necesito profundamente un abrazo de aquellos como de 31 de diciembre en la tarde, o de 2 de enero a las 10 de la mañana con una sonrisa nerviosa por no saber que pasará el resto del año; que será, Dios, de nosotros hasta el próximo primero de enero, que será.
Quiero creer que voy a estar bien, que dejaré de necesitar(te) en algún momento. Dejar de hacer daño en el intento de conocerme mejor. Sí, públicamente perdón. Lo siento de verdad, me duele, me duele mucho; tenía la opción de seguir esperando que las cosas mejoraran o asumir que no todo iba bien antes de que fuera demasiado tarde. Sufro, creo, de una necesidad terrible de tiempo para pensar al respecto.
Y a ti, espero que leas esto: Ya no soy bueno, sabes? Ya no soy bueno; ven a buscarme.
Te juro que no soy bueno, por favor, ven a buscarme.
Han pasado muchas cosas, pero mi corazón late al mismo ritmo. El mundo sigue del mismo color; tal vez un poco más monótono, tal vez sin tu perfume, ta vez sin ti, no sé. Pero sucede que me canso de arrancar, de extrañarte y necesitarte. Y me da miedo de pronto saberme tan vulnerable; sentir que el tiempo no cura ni sana, por el contrario, hiere día a día un poco más.
El tiempo se acumula en las venas, se estanca, y yo estoy lleno de morenotes.
Creo que todo esto es sólo que soñé contigo. Soñé que corríamos a las sombras, y en las sombras te robaba un beso.
No sé que espero a decir verdad; no sé que sentido tiene todo esto.
martes, 5 de abril de 2011
Nunca supo si en verdad le gustaba la noche o sólo arrancaba del día. El punto es que bajo las estrellas creó su propio universo; en este, entre bares y demases, esperó poder de una vez por toda extirpar todo lo que le recordase que alguna vez tuvo el corazón tan rojo.
Cada pista de baile se mostró como una oportunidad, un juego nuevo, un campo de batalla donde reñirse contra la memoria; en su cabeza cada canción tiene gusto a ayer, a memoria estancada. Toda melodía sufre una superposición de imágenes, transformándose en un collage de recuerdos que desfila por 3 minutos aproximadamente para terminar con un beat que de paso a otra canción, que será otra batalla más, y así seguir sin que haya conciencia de que en 4 horas ha pasado toda una historia que se consolidó al margen de las zapatillas gastadas noche tras noche en los suelos pegajosos de tanto licor desparramado.
La noche avanza en un juego de luces y sombras. Pero aun bajo estas sombras no hay donde esconderse; siempre sonará una canción que le cale profundo, siempre habrá un espacio sin salida. Siempre habrá un lugar para perderse.
Fuera del local no hay calor. Y no suena nada en las calles; las luces se tornan estáticas en la capital. Nuevamente hace frío, y este se acrecienta cuando no hay destino fijo.
Con las manos en los bolsillos dará un par de vueltas de más, conseguirá fuego y exhalará la pena. La noche acaba en cuanto cierra la puerta tras su espalda y da por perdida otra batalla; documenta lo acontecido con una frase o dos que le resuenan y se acuesta con la esperanza de que el fin de semana que sigue sea el que le libere del todo; que le haga volver a valorar las bondades del día, que le devuelvan la confianza en si mismo y en sus pasos de baile.
Cada pista de baile se mostró como una oportunidad, un juego nuevo, un campo de batalla donde reñirse contra la memoria; en su cabeza cada canción tiene gusto a ayer, a memoria estancada. Toda melodía sufre una superposición de imágenes, transformándose en un collage de recuerdos que desfila por 3 minutos aproximadamente para terminar con un beat que de paso a otra canción, que será otra batalla más, y así seguir sin que haya conciencia de que en 4 horas ha pasado toda una historia que se consolidó al margen de las zapatillas gastadas noche tras noche en los suelos pegajosos de tanto licor desparramado.
La noche avanza en un juego de luces y sombras. Pero aun bajo estas sombras no hay donde esconderse; siempre sonará una canción que le cale profundo, siempre habrá un espacio sin salida. Siempre habrá un lugar para perderse.
Fuera del local no hay calor. Y no suena nada en las calles; las luces se tornan estáticas en la capital. Nuevamente hace frío, y este se acrecienta cuando no hay destino fijo.
Con las manos en los bolsillos dará un par de vueltas de más, conseguirá fuego y exhalará la pena. La noche acaba en cuanto cierra la puerta tras su espalda y da por perdida otra batalla; documenta lo acontecido con una frase o dos que le resuenan y se acuesta con la esperanza de que el fin de semana que sigue sea el que le libere del todo; que le haga volver a valorar las bondades del día, que le devuelvan la confianza en si mismo y en sus pasos de baile.
domingo, 3 de abril de 2011
Proceso de creación
Estoy en la etapa de la vida en que no sé cómo escribir las cosas. Pero a ratos hago el intento, porque sino me ahogo de tanto retener.
Lo peor que sucede cuando no escribo es que olvido. Si no dejara constancia de la vida en alguna parte, fácilmente podría haber estado siempre muerto, pero como no lo estoy necesito saberme vivo y dinámico.
No sé cuantas cosas realmente sucedan hoy. Han sido horas extrañas, de descubrirme y descubrir un montón de cosas que constantemente suceden e ignoro.
No recuerdo que viaje hacía hoy mientras pensaba en que tal vez he dado tantos pasos por senderos perdidos que ya no hay vuelta atrás. Lo peor de todo es que mientras más lo pienso, más lo siento. Y siento también el peso, la responsabilidad de haberme dejado caer tan a conciencia, tan queriendo estar por debajo de todas las historias que alguna vez escuché. Es una pena ignorar tus raíces y convertirte en un ser nuevo, autónomo e indecifrable. Es terrible saber que ni tu mismo te conoces lo suficiente como para mirarte objetivamente y decirte a ti mismo "hey, estás pésimo, ve a dormir".
Cuando un autor escribe se plasma a si mismo de una u otra forma. Hay una creación de personaje; el autor como imagen de si mismo, subjetivo hasta decir basta, se deja entrever en cada parrafo. Tal vez un problema de fondo es que en mi mismo no veo consistencia, en lo que escribo no huelo nada, no siento nada, no me da nada para pensar. No voy a cambiar la vida de nadie escribiendo acerca de lo mucho que me complican las cosas simples de la vida.
Tengo un miedo terrible a la vida, al tiempo y al no cerrar ninguna idea.
Tengo un miedo terrible a la acumulación de ideas a medias.
Tengo un miedo terrible.
No quiero crecer. No quiero.
No quiero dejarme caer nunca más; de pronto necesito ser bueno, sentirme bien conmigo, sentirme conforme y orgulloso de lo que hago.
Voy a erradicar lo malo, voy a ser mejor. Voy a partir de cero, porque si no lo hago me estancaré por siempre en un circulo vicioso que justifica el empeorar constantemente.
Voy a ser feliz, voy a crearme nuevamente.
jueves, 31 de marzo de 2011
Mirar al cielo constantemente para asegurarse de no encontrar nada que no quiera ser visto en el camino, y hacer quite felizmente a aquello que se reconoce como tiempo perdido. Y duele, duele hacer el quite a aquello que fue el camino en su momento; duele hacerse la idea de que todo de pronto se tornó diferente.
Soy un pobre weon. Parece que no quemo etapas, que me estanqué en un punto sin tiempo, y lo que llamo vida no es más que la inercia de todo lo que pasó. El mundo se detuvo y yo lo noté, pero no quiero aceptarlo, no quiero reconocerlo como tal porque en cuanto eso pase no quedará nada. Es como tener la idea de que si el mundo deja de girar, puedo girar yo y seguir viendo todo igual, todo perfecto, todo oscilando desde aquel centro que se debate entre el Saber y el Sentir.
Soy un pobre weon porque no puedo dejar de pensar en lo intrascendente, porque no me atrevo a mirar a los ojos otra vez, no me atrevo a volver a mi lugar ni a mi mismo por miedo de sentir nuevamente como todo el mundo se deshizo. Simplemente no quiero saberlo.
Uno no puede vivir del pasado, pero cada cierto tiempo es rico recordar que alguna vez sucedieron cosas buenas. Mi abuelo estaba vivo, y nunca lo iba a ver. Cuando iba, comía mucho y le manoseaba los celulares. Mi abuela reía más con nosotros y cocinaba pollo al horno.
Nunca le llevé una polola a mi abuelo. Nunca supo nada. Tampoco volvió a comer las tostadas que mi abuela le había preparado para el regreso desde copiapó, y la leche se convirtió en nata a eso de las 9 y media cuando ya era demasiado tarde para que volviera.
Es raro que justo esta noche vuelvan estas cosas. Recuerdo que el día que eso pasó quería sentirme acompañado. Y llamé a alguien. Llamé a alguien y en teoría no estaba más solo. Pero en verdad ¿estuvimos juntos ese día? ¿estuviste realmente conmigo? ¿Llegué a estar contigo? Imagino de pronto que nuestros mundos estaban siempre separados; eramos dos peces en peceras completamente diferentes. Y yo te vi desde acá y te quise, y te quise mucho, pero nunca te llegué a tocar.
Me pregunto cosas una y otra vez. Es terrible pensar que todo falló de un momento a otro; una ecuación que a mitad del ejercicio pierde el norte y el rumbo; todo está mal, nada calza. Me desencajé del mundo que conocía; me arrojé al encuadre de una película cuyo contenido vendría siento la crisis del sujeto en la postmodernidad, con una historia que no se entiende, que se ausenta a ratos incluso, llevándonos a la conclusión de que en el fondo todo lo que ocurre sólo ocurre para que el sujeto logre mirar, intentar entender y perderse un poco más.
Soy un pobre weon. Parece que no quemo etapas, que me estanqué en un punto sin tiempo, y lo que llamo vida no es más que la inercia de todo lo que pasó. El mundo se detuvo y yo lo noté, pero no quiero aceptarlo, no quiero reconocerlo como tal porque en cuanto eso pase no quedará nada. Es como tener la idea de que si el mundo deja de girar, puedo girar yo y seguir viendo todo igual, todo perfecto, todo oscilando desde aquel centro que se debate entre el Saber y el Sentir.
Soy un pobre weon porque no puedo dejar de pensar en lo intrascendente, porque no me atrevo a mirar a los ojos otra vez, no me atrevo a volver a mi lugar ni a mi mismo por miedo de sentir nuevamente como todo el mundo se deshizo. Simplemente no quiero saberlo.
Uno no puede vivir del pasado, pero cada cierto tiempo es rico recordar que alguna vez sucedieron cosas buenas. Mi abuelo estaba vivo, y nunca lo iba a ver. Cuando iba, comía mucho y le manoseaba los celulares. Mi abuela reía más con nosotros y cocinaba pollo al horno.
Nunca le llevé una polola a mi abuelo. Nunca supo nada. Tampoco volvió a comer las tostadas que mi abuela le había preparado para el regreso desde copiapó, y la leche se convirtió en nata a eso de las 9 y media cuando ya era demasiado tarde para que volviera.
Es raro que justo esta noche vuelvan estas cosas. Recuerdo que el día que eso pasó quería sentirme acompañado. Y llamé a alguien. Llamé a alguien y en teoría no estaba más solo. Pero en verdad ¿estuvimos juntos ese día? ¿estuviste realmente conmigo? ¿Llegué a estar contigo? Imagino de pronto que nuestros mundos estaban siempre separados; eramos dos peces en peceras completamente diferentes. Y yo te vi desde acá y te quise, y te quise mucho, pero nunca te llegué a tocar.
Me pregunto cosas una y otra vez. Es terrible pensar que todo falló de un momento a otro; una ecuación que a mitad del ejercicio pierde el norte y el rumbo; todo está mal, nada calza. Me desencajé del mundo que conocía; me arrojé al encuadre de una película cuyo contenido vendría siento la crisis del sujeto en la postmodernidad, con una historia que no se entiende, que se ausenta a ratos incluso, llevándonos a la conclusión de que en el fondo todo lo que ocurre sólo ocurre para que el sujeto logre mirar, intentar entender y perderse un poco más.
lunes, 28 de marzo de 2011
Consumirse
Debe existir alguna fórmula para no dejar que un buen recuerdo se pudra. Cómo sea, ya nada tiene el correcto sentido; nunca será lo mismo porque así son las cosas. Y es mejor, siempre es mejor. Todo es para mejor.
Y al final cada decisión nos lleva a donde debemos estar, cierto, sí, muy cierto; tal vez ambos debamos caer a nuestra respectiva manera.
Yo no debería aterrarme, pero imagino que todo eco puede ser una avalancha.
Y al final cada decisión nos lleva a donde debemos estar, cierto, sí, muy cierto; tal vez ambos debamos caer a nuestra respectiva manera.
Yo no debería aterrarme, pero imagino que todo eco puede ser una avalancha.
jueves, 24 de marzo de 2011
Recuperación
Yo escribía de la vida. Más que eso, del día a día.
En su momento pasó mucho; tal vez un crecimiento exponencial de la vida personal me hizo mirar las cosas desde un sólo ángulo y de pronto escribí sólo lo que la vida fue en esos momentos. Y siempre, siempre, tenía que ver con el querer mucho y todo lo que conlleva (alegrías, penas, imágenes, cafés, metros, perfumes).
Creo que abusé de eso. Abusé de lo que tenía dentro; estrujar el tacto, el olfato, los colores y tiempos para componer una fotografía lo menos difusa de lo que significaba cada momento, algo así como un ayuda memoria con una doble función: una era recordarlo yo. Otra, muy distinta, era que lo recordara así mismo alguien más {uno tiende a ser idealista}.
Dicen que los mejores escritos salen de la médula de las emociones, pero mi vida no es fome y aun parece estar estancada; tapón medular o algo así. Y parece ser que por más imágenes que capture a diario estas no llegan a salir, y un parque de pronto se transforma en pasto, árbol, gente y banca.
En alguna parte, estoy seguro, debe ser que ese parque no es parque. Es viento, es sonreir, es hojas que, día tras día, se tiñen de café, y que a su vez es el tiempo que pasa deteniéndose en ese lugar donde santiago se hace a un lado.
Hay que rescatar las imágenes; hay que volver a interpretar el mundo. Las calles ya no son las mismas. Providencia, Ñuñoa, Lastarria, Bandera, Bellavista, Pedro de Valdivia, Alameda, Santa Lucía, Parque O'higgins. Las estaciones tal vez tengan que ver con la erradicación del todo; los recuerdos caducan así como las hojas.
Tengo que perder el miedo. Tengo que sentir y escribir. Tengo que salir a la calle y mirarla como nueva. Pronto el viento se llevará las hojas secas; hay que pisarlas, hay que sentirlas crujir, hay que dejarlas partir.
En su momento pasó mucho; tal vez un crecimiento exponencial de la vida personal me hizo mirar las cosas desde un sólo ángulo y de pronto escribí sólo lo que la vida fue en esos momentos. Y siempre, siempre, tenía que ver con el querer mucho y todo lo que conlleva (alegrías, penas, imágenes, cafés, metros, perfumes).
Creo que abusé de eso. Abusé de lo que tenía dentro; estrujar el tacto, el olfato, los colores y tiempos para componer una fotografía lo menos difusa de lo que significaba cada momento, algo así como un ayuda memoria con una doble función: una era recordarlo yo. Otra, muy distinta, era que lo recordara así mismo alguien más {uno tiende a ser idealista}.
Dicen que los mejores escritos salen de la médula de las emociones, pero mi vida no es fome y aun parece estar estancada; tapón medular o algo así. Y parece ser que por más imágenes que capture a diario estas no llegan a salir, y un parque de pronto se transforma en pasto, árbol, gente y banca.
En alguna parte, estoy seguro, debe ser que ese parque no es parque. Es viento, es sonreir, es hojas que, día tras día, se tiñen de café, y que a su vez es el tiempo que pasa deteniéndose en ese lugar donde santiago se hace a un lado.
Hay que rescatar las imágenes; hay que volver a interpretar el mundo. Las calles ya no son las mismas. Providencia, Ñuñoa, Lastarria, Bandera, Bellavista, Pedro de Valdivia, Alameda, Santa Lucía, Parque O'higgins. Las estaciones tal vez tengan que ver con la erradicación del todo; los recuerdos caducan así como las hojas.
Tengo que perder el miedo. Tengo que sentir y escribir. Tengo que salir a la calle y mirarla como nueva. Pronto el viento se llevará las hojas secas; hay que pisarlas, hay que sentirlas crujir, hay que dejarlas partir.
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