domingo, 5 de junio de 2011

Debería estudiar, y no ponerme a pensar en las cosas que pasaron y las que no. Debería leer, porque hay mucho que leer y poco que hacer en referencia a otras cosas; las cartas quedaron tiradas en alguna mesa de por ahí, y yo también quedé en alguna parte de la que a ratos supongo que me libro.
Tengo pena la verdad, porque sé que todos mis mensajes no llegarán nunca a puerto. Sé que ya perdí, sé que me perdí y que te perdí, y que elija lo que elija seguiré perdiendo.
Debería rendirme, debería olvidarme, debería estudiar.
Estoy esperando señales que, aparentemente, nunca se pensaron enviar. Y para peor, hace frío, llueve y hay futbol en la tv.

Altamente penoso

¿Cómo mierda te hago saber que en alguna parte estoy si en verdad no quieres saberlo, y a ratos me da miedo que realmente lo sepas?

jueves, 2 de junio de 2011

Las cero con diecinueve

Uno no quiere estar triste, pero es sumamente difícil aislarlo todo y asimilarlo por partes.
Esta noche, por ej, me duele que no me digan las cosas a la cara, me duele que no me digan nada, que desaparezcan. Estoy melancólico, para variar, y quiero escuchar canciones que no son precisamente tristes pero que, dentro del marco de esta noche, están revolviendo todo. Es así, en medio de esto, que salen a flote ciertas cosas que uno prefiere sanamente evitar. Ya comí, ya dormí; ¿qué más puedo hacer?
Hace unos cinco minutos me levanté al baño y me sentí pésimo. Pero es raro, porque no era una webá física, no, pero tampoco era psicológica, no sé... Una mezcla imperfecta de ambas, el punto es que no está bien. Me carga recaer en lo mismo cada cierto tiempo; lo mismo que no es lo mismo fielmente sino que son sensaciones sueltas que arrastran como mar. Me carga eso, me carga extrañar cosas que no sé, gente que no conozco, espacios que no existen. Me carga, porque después de todo lo único que pasa soy yo pensando. Nada más.
El fin de semana pasado, por ejemplo, me senté a conversar con un desconocido en un puente, a eso de las 5 am. Estaba mal; como que lloraba (pero no del todo) a causa de una desilusión amorosa que entremezclaba a una compañera de trabajo, su amiga y una fiesta. Me comentó cosas al azar, como intentando contextualizar una pena que para mi era otra cosa: no puedes estar a las 5 am hablando con un desconocido y que nada te suceda. No puedes contar tu vida, o al menos un trozo importante de esta, sin que nada suceda. Al rato me preguntó que me pasaba. Nada, le respondí, y me miró con cara de entender superficialmente la respuesta, después de todo yo también estaba ahí, sobre el puente, mirando las luces de los autos.
Me dijo que caminar era sano, tomó su botella y se fue a caminar. Yo me quedé en el puente.
Hay un momento en el que involuntariamente me veo desde afuera, y no está bien hablar de lo que no está bien cuando en verdad todo está bien. Uno se retuerce sólo; en mi caso no puedo evitar sentir más sensaciones que las que me podrían llegar a hacer sentido, y busco excusas para no repensarlo más hasta la próxima jornada. Encajar estímulos por todos los sentidos posibles para no caer en cuenta de lo que en verdad atraviesa tus sentidos; eso me hace sentido.
Debería pensar menos las cosas. Debería asumir que podría estar todo el día echando de menos; debería asumir que podría tomar 100 pesos y desde un teléfono público hacerme anónimo para escuchar voces lejanas. Podría asumir que esta noche no pasa nada, que es normal, que no salgo de la adolescencia y dormir tranquilo pensando en que mañana, como cada día, seguiré cagándola más hasta convertirme en un adulto que olvida de donde viene para imponer madurez. Podría tomar todo lo que ha pasado como anécdotas, y concluir con un maravilloso "esto me hizo crecer", pero ¿Qué sentido tiene?
He estado convenciéndome todo este tiempo que con sucedáneos se vive tranquilo; para cuando realmente todo se estabilice, parece, estaré demasiado lejos de ser lo que podría haber sido cuando había fe en que el tiempo no se iba a agotar.

martes, 31 de mayo de 2011

Navegación

Las despedidas no son lo mío. Me carga la sensación de abandono; me carga el vacío tanto como tarde de domingo.
Yo no sirvo de navegante; por mi me quedaría en cada puerto que me diera a lo menos una razón para hacerlo. Tengo miedo de avanzar sólo por no querer dejar atrás; me encanta el dinamismo, pero necesito afirmarme de algo que el futuro nunca me entragará.
Esta noche tengo miedo porque no soy navegante, porque no sé decir adios sin mirar atrás. Tengo miedo, porque no puedo evitar recordar más de lo que quiero. Recuerdo por ejemplo que Nicolás viajó muy lejos, y que ahora hace unos mese volvió de su largo viaje. Pero tal vez Nicolás es lo que menos importa, lo que me importa (personalmente) es lo que deja atrás. Yo no quiero ser Nicolás; no quiero nunca echar de menos. Me da pánico llorar por alguien, o memorizar nuevamente algún olor que casualmente se halla impregnado en mi ropa.
Recuerdo el olor de la madera húmeda de otros tiempos en otros lugares, y no es que quiera volver, por el contrario, es como querer nuca haber dejado ese lugar. Recuerdo otros tiempos, y lamento el paso inminente de las horas que suman y suman inagotablemente.

La navegación no es lo mío. Esta noche no quiero llegar a ninguna parte; no quiero nada nuevo, no quiero horizontes, no quiero paisajes ni olores. Tengo miedo, nada más. Tengo miedo porque me pesa una webada; así como una soledad particular que no quiero que nadie particular llene. Tengo miedo porque no entiendo del todo, y  porque además me prometí sonreir pero me está tiritando el alma.

viernes, 27 de mayo de 2011

Sentido

Narración: Seguro de que tenemos sentido.

Estructuramos todo en relación a un fin; esto y aquello sucede para llevarnos a otra parte. Sin embargo el mundo no es eso.
Yo narro, yo escribo y a ratos cuento, y mientras más dentro estoy más me pierdo. Lo peor de todo es que este instante de pérdida ha dejado de ser una simple sensación, y ya no me importará caminar 5 horas más con tal de perderme. ¿Dónde quiero llegar?

"Seguro de supervivencia incumplido; emerge el tiempo, no el sentido. No se detiene la noción de angustia en la representación, producto de la expectativa incumplida de que algo, de pronto, suceda. Indeterminación. Angustia de representación. Angustia del mundo contemporáneo; no hay nada fijo en el mundo; todo es indeterminado, frágil, simultaneo."


Expongo hoy, sutilmente, que las cosas van perfecto. Sí, perfecto, pero a ninguna parte. Expongo esto y usted formará la historia que más le maraville al respecto; es mi narración, usted interprete.


"Cuando el tiempo real se superpone al tiempo narrativo, el sentido se diluye. Los espacios alguna vez concreto se llenan de intersticios; espacios del universo que, después de todo, parecerán no decir nada".


Mi mundo tiene globos jodidamente vacíos. Es una pena. Antes, en otros tiempos mejores, las cosas no eran así.
No puedo dejar que la ciudad me consuma. No puedo esconderme del mundo perdiéndome en este. Tengo que saber que chucha quiero.

"El film, en sí, carece de sentido. Lo poco que queda disponible; una búsqueda que nos lleva por un camino a ninguna parte. Hay resultados, hay crecimientos, pero nunca, nunca, llegará a tener sentido."

miércoles, 25 de mayo de 2011

El frío

Cuando la lluvia y el frío eran factores para quererse no recordé que las estaciones eran 4. Ahora no lo olvido.


domingo, 22 de mayo de 2011

Too many pieces to keep over

una suma de factores infinitos.

domingo, 15 de mayo de 2011

La composición del miedo

"Ve y baila con cualquiera"
No quiere ser duro esta noche, no quiere ponerte a prueba. Quiere saber que le eliges y no que lo tomas como tu única opción. Es sábado en la noche y te aseguro que todos querrán estar contigo; esos que están ahí te pelearían aún sin conocerte, porque lo único que les importa es moverse una noche más, entre el licor y las luces, hasta los brazos de quien sea que les mire por más de tres segundos.
Así que hazlo; si él quiere que lo hagas, hazlo. Una vez que decidas no hay vuelta atrás. Ve y baila; busca y encuentra cuanto más te pueden ofrecer. Es entretenido si lo piensas bien; vas, haces lo que tienes que hacer y vuelves a comentarlo. Si te das cuenta de que en verdad no le quieres y que sólo es un flujo de emociones que se mezclan con tu necesidad terrible de compañía, perfecto, ve y comparte tu cariño en esta y todas las pistas que cada noche atrapan pobres ilusos que romperán su corazón aun sin siquiera hacer uso de él.
Los sábados en la noche se parten muchos corazones, y las pistas de baile se inundan de música y sudor. La pena chorréa por la ciudad. Cada alma arrastra su propio peso hasta su hogar, aún cuando tenga cuanto tenga en su cama. La ciudad queda marcada por rastros que se disimulan bajo la risa, la indiferencia y la calentura.
Volviendo al tema. Te da esta noche la oportunidad de ir y reconocer cuanto más puedes encontrar. Le han roto el corazón antes, parece. No quiere contaminar más si ciudad, parece. Le han roto el corazón y le ha dolido. Te pide que bailes con cualquiera por una vez, y posiblemente el también baile con cualquiera, porque es sábado en la noche, y sus ideas flotan entre su normal falta de tacto y el alcohol. Así que ve y hazlo, siente que te quieren un poco sin razón por una noche, y vuelve a sus brazos si aun así lo quieres. Pero te advierto que él nació muerto y creció perdido (¿creció?); te lo advierto porque podría eventualmente dejar de quererte esta misma noche, o por el contrario (como en otros casos) no poder olvidarte de manera decente. Es más; podría bailar con cualquiera y no volver a verte. Por eso te lo advierto; tiene un corazón frágil, y si le dicen lo que quiere oir, creerá lo que espera creer. No hay maldad, sólo está perdido. Así que baila, baila esta noche que no va a dolerle a nadie (tal vez a ti, él no lo sabe). Baila esta noche y con cualquiera, y si aún te parece bueno apostar por sus brazos, quedas en completa libertad de correr el terrible riesgo.

martes, 10 de mayo de 2011

A las dos y treinta

Lo bonito  es que al mirar atrás ya nada duele.
El universo es de pronto una película,
y ya no importa cuanto bien o mal, sólo importa
que pasó. 
¿Cuanto nos queda? Who knows. 
Se acabaron los 138 minutos. Los créditos corren fugaces;
no hay de qué afirmarse... fugarse, fugaz, fugas.
En una de esas nunca salimos de la ficción, 
y todo aquello que era precisamente un sueño se
acabó justo en la mejor parte, la parte necesaria, la parte terrible.


Somos eso. Fuimos eso. Eramos eso.
No sé que de todo suena mejor; no sé cuales son las mejores palabras para hablar de un nosotros tan distante de mi mismo. Porque hoy somos objetos de la memoria; artefactos que plasman lo peor de nosotros: el ser vulnerables como estrategia para que el otro abra sus brazos una noche más, cerrando la puerta de golpe tras nuestras espaldas dejando con las luces de la ciudad aquello que nuevamente nos hundirá en cuanto amanezca.
Creímos que una habitación era suficiente para contener un mundo, pero aprendimos que dos mundos jamás entrarían en la misma habitación.
Ya no hay que pecar de fiel a la memoria; nada, absolutamente nada, llegará a significar más que el hoy. Entre lo que tú y yo fuimos hace un tiempo hay un maravilloso campo minado, y no sé si lamento decir que no hay motivos suficientes para cruzar nuevamente el umbral; pienso que muy probablemente no volveré a sentarme contigo este invierno. Es más, nunca nadie volverá a ninguna parte; todo aquello que se armó alguna vez se reconfiguró maravillosamente en desmedro del ayer.

sábado, 7 de mayo de 2011

La casualidad.

Por más que lluevan casualidades nunca nada está dicho. Es interesante, pero a la vez frustrante, no llegar nunca a creer nada completamente.
Mi problema con las casualidades tiene que ver con que al ser estas carentes de toda lógica, mucho de todo se termina fundando en una dimensión donde más de la mitad del todo es lo que proyecto; nunca lo que es.
Aparte, me veo en todo el derecho de morirme de miedo cuando veo que el mundo es pequeño, que santiago es un pañuelo, que las calles me llevan siempre a donde mismo y no hay salida. Santiago es como una burbuja, y después de todo no sé si estoy dentro o soy un espectador que aguarda que de la nada todo reviente. 
Me gusta mucho ver que el mundo de pronto te conduce a ciertas cosas que parecen buenas, pero la verdad de todo es que no quiero por nada del mundo volver a sentir la ciudad como la sentí hace algún tiempo: como un escondite, una válvula de escape, un respiro. Las calles, por claras u obscuras que parezcan, nunca serán un lugar para uno. Nunca, de hecho, serán un lugar; son espacios intermedios llenos de transeúntes que dejan un lugar para llegar a otro. No hay que confiar en las calles, porque si algo ha de suceder sucederá seguramente ahí. No hay que confiar, no, no debo confiar.
Y si bien reconozco que el haber aprendido a mirar las calles con otros ojos no fue producto de la mera casualidad sino más bien de hechos concretos/errores míos, no quiero caer de nuevo en lo mismo. Esa es la inseguridad, esa es la base de todo; ¿Para que saltar si sabes que caerás? 
Si sé, se lee super mierda, pero pucha...